lunes, 20 de octubre de 2008

Eutico (sobre la ambigüedad)

Por: P. Gaetano Beltrami, mccj.

San Lucas (Hch 20, 7‑12) cuenta un episodio que dejó una profunda huella en su vida de evangelizador.

Pablo había llegado a Tróade para despedirse de la comunidad. Pero, durante la celebración de la Cena del Señor, la charla se alargó hasta media­noche. Un joven, sentado junto a la ventana, se quedó dormido y cayó al vacío, muriendo inmediatamente. Aunque el accidente no deja de ser impresionante, lo más importante es su significado formativo y su aplicación a la tarea evangelizadora.

Todo el relato está marcado por los contrastes que se oponen: la oscuridad de la noche se extendía afuera, mientras que la sala de reunión estaba iluminada por muchas lámparas. Adentro se encontraba la comunidad escuchando la palabra de Dios, mientras que afuera reinaba la soledad y el silencio de la noche quizás interrumpido por los rumores y músicas de alguna fiesta o de bailes).

Eutico - así se llama el protagonista de este drama - era un joven tan atrevido como imprudente, que en vez de sentarse como todo mundo, lo hizo en el filo de la ventana que miraba tres pisos abajo. Por lo tanto, no estaba ni adentro ni afuera. La mitad de su cuerpo era iluminada por las abundantes lámparas de la sala, pero la otra mitad permanecía en la oscuridad. Con un oído escuchaba la palabra que se predicaba y con el otro prestaba atención a lo que pasaba afuera. Era parte de la comunidad, pero al mismo tiempo no pertenecía totalmente a ella.

A medida que pasaban las horas, en vez de que Pablo terminara de contar las maravillas de Dios, alargaba su discurso. Eutico, que se interesaba sólo parcialmente en la reunión, se aburrió, comenzó a cabecear y a dormitar, pues "un profundo sueño lo iba dominando". Estaba perdiendo la primera bata­lla: ya no tenía conciencia de lo que pasaba a su alrededor. Cada vez escucha­ba menos la Palabra por la simple razón de que no estaba ni adentro ni afuera. El grave problema de Eutico era la AMBIGÜEDAD y la INDECISIÓN: quería dos cosas a la vez, sin decidirse por ninguna de ellas.

Por fin Eutico se quedó dormido en el filo de la ventana y perdió el equilibrio, desplomándose hasta el suelo. Y curiosamente, en vez de caer hacia dentro de la sala donde se celebraba la Cena del Señor, se fue al vacío, tres pisos abajo. Tal vez porque todo el que se "duerme" se inclina más hacia afuera que hacia la comunidad. Obviamente, Pablo interrumpió la predicación, al mismo tiempo que todos los que dormitaban se despertaron con sobresalto.

Cuando Eutico dejó de escuchar la Palabra, se quedó dormido. Todo aquel que cierra sus oídos a la Palabra, se duerme. Si toda la mente, todo el cora­zón y todas las fuerzas no están escuchando y acogiendo la Palabra, uno se duerme irremediablemente, porque tarde o temprano "las preocupaciones de la vida, la concupiscencia de la carne y el afán de las riquezas" (parábola del sembra­dor) asfixian la semilla de la Palabra. Lo que el mundo o la sociedad actual ofrece al joven, con sus atracciones y seducciones, de modas y mujeres, de dinero, de éxito a toda costa o de poder y de vida fácil, atrapan poco a poco, si uno no está más que despierto y crítico en cada instante.

Tal vez Eutico no era el único que dormitaba esa noche, pero su problema se agudizó por el lugar que había escogido para sentarse: UN POCO ADENTRO Y UN POCO AFUERA. Ni pertenecía a la comunidad, ni se decidía abandonarla. Su mente y su corazón estaban divididos, queriendo procurar dos cosas al mismo tiempo. Pero "no se puede servir a dos amos al mismo tiempo" dice Jesús.

Quien vive de esta manera, es como quien se sienta en el filo de la ventana: es decir, arriesga su vida inútilmente. Quien no escucha con todo su corazón, con toda su mente y con todas sus fuerzas la Palabra de Dios, se duerme, porque no permite que la semilla de la Palabra penetre en lo más profundo de su conciencia.

El drama de nuestro tiempo radica en que a la gente le gusta sentarse en esa ventana: es decir, querer dos o más cosas a la vez, sin poder decidirse definiti­vamente por una de ellas. Y lo peor es que hoy a muchísima gente ni le intere­sa decidirse definitivamente por una, unificando así toda su vida. Se ilusiona poder disfrutar de todas y al final se encuentra cada vez más insatisfecha. En particular, muchos jóvenes se duermen con una droga o con el alcohol, se duermen por la filosofía de la New Age, o son adormecidos por el materialis­mo y el sensualismo que insensibilizan ante las necesidades de los hermanos.

Es un problema que debe interesar a todo evangelizador y a quien se prepara a serlo: la gente que le gusta sentarse en la ventana = quienes desean seguir a Cristo, pero que no están dispuestos a renunciar completamente al mal y al egoísmo personal (pecado); aquellos que dicen querer servir al Señor, pero que al mismo tiempo pretenden servirse de El; los que condicionan su entrega o siguen coqueteando con los criterios del mundo y de sus atracciones que crean dependencias inevitables; en fin, todos aquellos que quieren servir a dos señores... Pero la conversión ha de ser radical o no es conversión: o se entra plenamente a la luz, o es mejor quedarse afuera: o frío o caliente porque los tibios son vomitados por la boca del Señor. El tesoro escondido sólo se adquiere cuando se vende TODO con alegría, para comprar el campo. La perla preciosa cuesta TODO, no importa si es mucho o poco, con tal que sea TODO.

Nosotros también somos desafiados por la Palabra de Dios: no nos sentemos en la ventana, si queremos anunciar a otros el Evangelio. Si queremos entregarle nuestra vida al Señor, no consintamos darla a medias. Debemos detectar si hay algo que queremos apartar para nosotros mismos y no va con el don total de nuestra vida al Señor, especialmente en una vocación tan comprometida como la nuestra. No se puede poner la mano en el arado y volver la vista atrás. La entrega es total y para siempre, no a medias o con cálculos humanos que sólo mantienen en el miedo y en la constante indecisión.

Cuenta la Palabra que Pablo resucitó a Eutico. El apóstol, acompañado por el joven recién vuelto a la vida, regresó a la sala, para continuar na­rrando los prodigios del Señor en su vocación misionera. Ya no se nos precisa dónde se sentó Eutico, pero de una cosa podemos estar seguros: que no se sentó en esa peligrosa ventana. O quizás, más todavía, ni siquiera se volteaba a verla. Tal vez escogió el lugar opuesto y ya no se distraía lo más mínimo de las Palabras del apóstol, hasta el amanecer. Probablemente otros tenían sueño, menos uno: Eutico.

Eutico ‑ cuyo nombre significa "afortunado" ‑ ha sido en verdad un joven afortunado, con mucha suerte. La noche en que cayó de la ventana había una comunidad escuchando la Palabra de Dios y un evangelizador que la predicaba con el poder del Espíritu. De otra forma este joven hubiera pasado a las estadísticas como uno más de los que mueren en un accidente. Sin embargo, se integra a la historia de la salvación, dejando un mensaje muy claro para todos los que se duermen por ambigüedad o indecisión personal en su entrega: que nunca lo hagan al filo de esa ventana.