lunes, 20 de octubre de 2008

Locura en la Amazonía

En el presente trabajo voy a abordar un problema ecológico: la tala de árboles, visto desde el punto de vista bíblico y de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El fin que perseguimos es el de valorar no sólo los recursos forestales, sino la creación entera, que es nuestro habitat, la casa que Dios nos ha dado para que de ella tomemos los bienes necesarios para nuestra subsistencia.
Iniciamos con un reportaje que arroja un dato escalofriante sobre la tala indiscriminada de árboles en la amazonía del Perú:

Locura en la Amazonía: 250 mil hectáreas de bosque son taladas cada año ilegalmente

Al analizar el calentamiento global tenemos que referirnos necesariamente a lo que ocurre hoy en la Amazonía, considerada el gran pulmón del planeta y una de las zonas cuyo altísimo índice de deforestación es el principal causante de las alteraciones de temperatura en el planeta.
Los especialistas señalan que la contribución del Perú al calentamiento global es mínima, entre 0.4 y 1.1 %, sin embargo, más de la mitad de ésta cifra tiene que ver con la deforestación.
El doctor Valentín Bartra, presidente del Instituto Andino y Amazónico de Derecho Ambiental, sostiene que la depredación de la Amazonía peruana irrumpe a un ritmo irracional. "No es posible que 250 mil hectáreas se deforesten anualmente", subraya indignado.

La ilegal tala de árboles en esta zona es la principal causa de deforestación. Algunas estadísticas señalan que al día se depredan alrededor de 590 hectáreas de bosque, razón por la cuál se han perdido 9 millones de hectáreas en los últimos 30 años.
http://www.unmsm.edu.pe/Destacados/contenido.php?mver=11

Es interesante constatar cómo un problema ecológico altera otros factores ambientales, en este caso, la deforestación de la amazonía peruana contribuye al calentamiento global. Las cifras de deforestación son alarmantes. El pulmón de la tierra está en peligro, y con él, la vida de la flora, la fauna....y del hombre.

Punto de vista bíblico

El apóstol Pablo nos ofrece una visión esperanzadora que guarda la creación entera. En efecto, ella también busca ser liberada y anhela la plena redención cual criatura de Dios: “Toda la creación espera ansiosamente que los hijos de Dios reciban esa gloria que les corresponde. Pues si la creación está al servicio de vanas ambiciones, no es porque ella hubiese deseado esa suerte, sino que le vino del que la sometió. Por eso tiene que esperar hasta que ella misma sea liberada del destino de la muerte que pesa sobre ella y pueda así compartir la libertad y la gloria de los hijos de Dios” (Rm 8, 19-21). Deducimos que la creación guarda intrínseca relación con el hombre, y mientras el hombre perviva en el pecado ella misma sufrirá las consecuencias de la ambición de este que la explota indiscriminadamente tan sólo por lucro personal.

Es muy interesante ver cómo el libro de Daniel nos presenta una visión de las criaturas que alaban sin cesar día y noche al Señor (Dn 3, 62-82). Efectivamente, cada ente criatural tiene un fin, beneficiar al hombre para que su vida sea satisfecha y con ello da gloria al señor; en cambio, el hombre ha de tomar de las criaturas sólo lo justo para no romper el equilibrio de la creación, y ver en cada criatura, como san Francisco de Asís, un hermano.

Doctrina Social de la Iglesia

La GS, 69 afirma que: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad”. En concilio Vaticano II tuvo el buen acierto de defender el destino universal de los bienes de la creación, estos no son monopolio de nadie, son de todos, es un derecho universal tanto de hombres como de mujeres el acceder a ellos y es un derecho natural por el simple hecho de ser personas dignas. Nadie tiene el derecho de privarnos de gozar de los bienes de la creación, estos han de llegar a todos con el criterio de la justicia (a cada quien lo suyo) y el de la caridad (favoreciendo a los más pobres).

El Documento de Santo Domingo (nn. 171-177) nos ofrece unos criterios desde los cuales la tierra puede ser valorada favoreciendo una actitud más contemplativa de la tierra y de los bienes en lugar de sólo mezquinas ganancias económicas.

1. Campesino-indígena: la tierra es sagrada, centro de la vida de la comunidad, es la madre que alimenta sus hijos.

2. Mercantilista: Visión neoliberal que busca lucrar con la tierra explotándola indiscriminadamente sin importarle el impacto ambiental.

3. Visión cristiana: Se basa en las Sagrada Escritura y considera los elementos de la naturaleza como aliados de Dios en pro de nuestra salvación.

Con estos criterios podemos elaborar una espiritualidad de la ecología. Por lo que a nuestro tema compete, los recursos forestales ofrecen toda una imagen de la presencia de Dios que nos da la vida. En efecto, ellos purifican nuestro aire, contienen la tierra evitando la erosión y dan cobijo a infinidad de especies animales, etc. El color verde de los árboles nos recuerdan la vida en acción y sus frutos las obras que todo hombre debe aportar con su trabajo.

Ya para poner fin a nuestro trabajo, que en hasta ahora nos ha dado pautas para una mayor valoración de nuestro medio ambiente, y en especial de los recursos forestales, una mención especial merece la atención al bien común y la opción por los pobres. Juan Pablo II en la encíclica “Sollicitudo rei socialis” (n. 10), define el bien común como la preocupación por el desarrollo espiritual y humano de todos. Es por ello que, los legisladores, cuando formulen leyes en vistas al bien común, primero se fijen qué repercusión tendrá para los pobres, si lejos de beneficiarlos los perjudica. Por ejemplo, si se legisla a favor de una empresa maderera otorgándole a esta la facultad de talar árboles con el argumento de crear fuentes de empleo y derrama económica, pero, sí ello conlleva la extinción de árboles en detrimento del ecosistema y del modo de vida de los pobladores, no se está buscando el bien común, ni de los habitantes, y en última instancia, tampoco el bienestar de la creación.

El Estado está llamado a favorecer a los que menos tienen otorgándoles subsidios para que administren sus recursos como más convenga a sus intereses y no queden a merced de empresas privadas que a base de engaños tan sólo buscan aprovecharse de los recursos naturales para explotarlos a tope en perjuicio de los más pobres.

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