lunes, 20 de octubre de 2008

Un acercamiento a la realidad de los jóvenes a la luz del Documento Aparecida

PRESENTACIÓN

En el presente ensayo no pretendemos otra cosa sino hacer un acercamiento a la situación de los jóvenes en América Latina con el fin de situarlos como una de las grandes prioridades que tenemos hoy día como Iglesia, toda vez que se nos invita a impulsar nuestra vocación de discípulos y misioneros del Señor. Pero el situarlos tan sólo como una prioridad dejaría una labor inconclusa si no los llamamos a una comunión de vida donde puedan cultivar su experiencia de fe, fomentar su dignidad de personas y desarrollar sus talentos.

Tengamos en cuenta que el mayor porcentaje de nuestra población latinoamericana lo conforman los jóvenes. Ahora bien, si apostamos por un denodado empeño en la renovación de la Iglesia y de la sociedad, el ir hacia los jóvenes será una labor imprescindible. En efecto, es en los jóvenes donde puede florecer la esperanza de un mejor futuro tan siempre anhelado que cambie un estado de cosas que ya son obsoletas cuando no insoportables y que impiden nuestro desarrollo.

No vamos a negar que, si bien es cierto, los jóvenes con su dinamismo y creatividad pueden ser los propulsores de los cambios que requieren nuestras sociedades, comportan todo un desafío porque en ellos también se concentran grandes miserias que obstaculizan su desarrollo y la posibilidad de ser los firmes vectores que todos anhelamos. Pero esas miserias no son innatas en ellos, pues, salvo las propias de la naturaleza humana, muchas veces se deben a políticas erradas que los ha dejado sin oportunidades de progreso, a familias desintegradas que les ha negado un sano desarrollo psíquico y afectivo, a la corrupción institucionalizada que los relega y a tantas formas de violencia que les acompaña desde la niñez a falta de una sólida protección de su dignidad humana y de formación en valores humanos. Y por qué no decirlo, también se deben al descuido de la Iglesia que no ha sabido pasar de la teoría a la práctica eficiente que promueva los jóvenes.

Para acercarnos a la realidad de los jóvenes vamos a tomar por fuente de estudio el Documento de Aparecida. Por método tomaremos el mismo utilizado por los obispos durante la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y de el Caribe: ver, juzgar y actuar (cfr. nº 19). Así, vamos a ver en un primer momento cómo están los jóvenes hoy día, tanto sus luces como sus sombras. En un segundo momento vamos a juzgar según el criterio de Jesús superando concepciones meramente humanas que sólo hunden en el temor y la desesperanza, para que, en un tercer momento, a imitación suya, busquemos cómo actuar en bien de los jóvenes como compete a buenos discípulos y misioneros que buscan que nuestros pueblos en Cristo tengan vida.

Y dado que deseamos que el anuncio de la buena nueva de Jesucristo vencedor de la muerte llegue a cuantos están al borde del camino (cfr: nº 32; Lc 10, 29-37; 18, 25-43), es la hora de reconocer que no nos mueve nada ni nadie más que Jesús mismo, quien nos brinda el gozo de su presencia constante (Mt 28,20) y hace surgir en nosotros la alegría comprometida de darlo a conocer para acercar a nuestra comunión a tantos jóvenes, hermanos y hermanas nuestros que aún viven alejados del Señor.

VER

En su discurso inaugural de la V Conferencia, SS. Benedicto XVI señala a los jóvenes como una prioridad a quienes la Iglesia de Latinoamérica debe atender en su camino de renovación. Llama la atención cómo el Papa tiene una visión esperanzadora de los jóvenes, la cual bien podemos compartir para poner en entredicho a quienes ven en los jóvenes tan sólo problemas, como si fueran únicamente irresponsables, insensibles, inconstantes, apáticos, faltos de ideales, etc.

SS. Benedicto XVI es muy positivo cuando de modo directo dice que “los jóvenes no tienen miedo del sacrificio, sino de una vida sin sentido”[1] (cfr. nº 443), es decir, del sin-sentido de la vida cuya superficialidad o banalidad no les presenta reto o desafío alguno donde puedan explotar sus talentos y probar su libertad como un don. Un aspecto más que en los jóvenes ve el Papa es que son sensibles a la llamada de Cristo[2] con capacidad de dejarlo todo, de seguirlo y comprometerse en la renovación de la Iglesia y de la sociedad donando su vida entera sea como sacerdotes, religiosos, religiosas, padres y madres de familia.

Otro punto que ve el Papa en los jóvenes es que afrontan el reto de la vida como un descubrimiento continuo[3], es decir, que con mirada crítica saben hacerle frente a modas o corrientes en boga, y con profundidad buscan el designio de Dios sobre sus vidas a través de Jesucristo. Sin embargo, esta mirada positiva que SS. Benedicto XVI tiene sobre los jóvenes no le impide ver algunas sombras que se ciernen hoy día sobre ellos ante un consumismo e individualismo galopantes como son: los fáciles espejismos de la felicidad inmediata y los paraísos engañosos de la droga, del placer, del alcohol, incluyendo todo tipo de violencia.[4]

Ahora bien, después de haber señalado la visión que SS. Benedicto XVI tiene sobre los jóvenes –la cual compartimos por parecernos muy esperanzadora- y dado que ellos son una prioridad para nuestra Iglesia, vamos a dedicarnos por ahora a ver con detenimiento lo que podemos considerar, según Aparecida, como los riesgos más comunes que acechan a los jóvenes latinoamericanos. Entre ellos podemos anotar los siguientes:

1. La avidez del mercado (nº 50). Mediante publicidad engañosa se prometen satisfacciones efímeras y felicidades quiméricas a los jóvenes quienes ven desbordado el control de sus deseos. Dado que el mundo moderno vive en pos de lo inmediato, los reduccionismos no se hacen esperar. Así, la felicidad, máxima aspiración del ser humano, se reduce al bienestar económico y material con gratificaciones hedonistas.

2. Individualismo pragmático y narcisista (nº 51). Los jóvenes se ven como abocados a sobrevalorar el aquí y el ahora, sin referencia al pasado que ven con resentimiento por tantas promesas incumplidas por parte de los dirigentes de la sociedad. El futuro lo ven incierto, por lo tanto, rehuyen los compromisos a largo plazo. No le ven más lógica al mundo que la adicción de la búsqueda imparable de nuevas sensaciones. Los valores y las instancias religiosas hace tiempo dejaron de ser prioridad para ellos. Todo esto no se explica sin el hecho de que hoy por hoy vivimos la cultura del individualismo que lleva a la persona a la indiferencia por el otro, de quien no necesita ni se siente responsable (nº 46). Este individualismo es caldo de cultivo del narcisismo que lleva a la persona a preocuparse tan sólo por sí, y reduce las relaciones humanas a objeto de consumo eludiendo todo compromiso responsable y definitivo.

3. Falta de oportunidades agudizada por una educación de baja calidad (nº 65; cfr. nº 445). Esta situación pone rostro sufriente a los jóvenes quienes ven limitadas sus posibilidades de progresar en sus estudios y de adquirir un buen trabajo en el mercado laboral para su desarrollo personal y para constituir una familia. Y es que en una cultura global que privilegia el lucro y estimula la competencia, se da la concentración de la riqueza, del poder y de la información en pocas manos, lo cual deja excluidos a quienes no están suficientemente capacitados e informados acentuando así aun más la desigualdad (nº 62).

4. Desencanto por la política y particularmente por la democracia (nº 77; cfr. nº 445). Hemos asistido en Latinoamérica a un escenario de corrupción política donde reina la impunidad y donde la justicia se vende al mejor postor. Esto pone en entredicho a las instituciones políticas las cuales ven disminuida su credibilidad. Los jóvenes son un sector muy desencantado por constatar que muchas promesas han quedado incumplidas y que el sueño de un futuro mejor tan sólo ha quedado en eso, en un sueño.

5. Las drogas como un escape de la cruel realidad (nº 424). En su mayoría niños y jóvenes se encuentran en situaciones muy precarias por lo que recurren a las drogas para olvidar por un momento su desesperanza fruto de la violencia familiar, baja estima, marginación económica y afectiva, etc. De la frustración que les engendran las drogas no queda más que un mínimo paso hacia la violencia que está revestida de tantas formas y que puede dar cabida a tantos jóvenes quienes al entrar por el sendero de la criminalidad llegan a ver su vida y su futuro seriamente comprometidos (cfr. nº 78). Otros, no tan poco desafortunados, pasan a ampliar las estadísticas de los suicidios (cfr. nº 445).

JUZGAR

Los riesgos enumerados arriba que amenazan a los jóvenes requieren de nuestra parte un discernimiento como discípulos y misioneros para que, siendo portadores de una alegría peculiar, no como sentimiento egoísta, sino como una certeza de fe que serena el corazón y que capacita para anunciar la buena nueva del Señor Resucitado (cfr. nº 32), podamos asumir esos riesgos y rescatar o motivar a los jóvenes a que pongan su esperanza en el Señor que da la vida. Con la mirada puesta en el evangelio vamos a discernir, antes de ponernos en acción, para convencernos primeramente de cómo Dios ama a los jóvenes y los integra a la comunión a pesar de que no falten los pesimistas que los den por vencidos o los quieran ignorar ¿acaso por no permitirle a los jóvenes el acceso a los centros de decisión perpetuándose ellos y sólo ellos en dichos centros?

Vamos a tomar el evangelio de san Lucas cuyo episodio de la hija de Jairo (8, 40-42. 49-55) nos dará luces importantes en nuestra valoración de los jóvenes a partir de la actitud que mostró Jesús acerca de la joven hija de Jairo. Los vv. 40-42 nos describen la primera parte de la trama. Jairo, jefe de la sinagoga, le suplica a Jesús que lo acompañe a su casa, pues su única hija de unos 12 años está a punto de fallecer. En el v. 49 Jairo recibe el aviso de que su hija ha muerto, por lo tanto, ya no hay necesidad de molestar al Maestro. En adelante, las frases que Lucas pone en boca de Jesús son muy significativas pues van preparando el momento culminante en que Jesús levanta a la joven.

No temas, sólo cree y se salvará (v. 50). Con estas palabras se dirige Jesús a Jairo ante el aviso de la muerte de su joven hija. Lo que Jesús le pide a Jairo es tan sólo un acto de fe, que se abra a la bondad de Dios personificada en Jesús mismo venciendo las amarras de cualquier temor, que tenga fe en que él puede hacer algo por su hija a quien ya dan por muerta. Si aparte, nos duele o incomoda la muerte de muchos jóvenes al ver cómo se pierden en los vicios del mundo, mejor sería que nos ocupáramos como servidores del Señor en levantarlos de su postración comunicándoles con vehemencia y caridad el mensaje del Señor. Recordemos que “no tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en la Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante las dificultades y resistencias” (nº 14). En Jesús tenemos la salvación para todos. No hay lugar para el temor, hay que tener fe de discípulos que buscan levantar a los jóvenes con esa dicha de sentirnos enviados del Señor.

No lloren más, porque no ha muerto; está dormida (v. 52). Jesús exhorta a la gente que llora la muerte de la joven a ver el hecho con profundidad: la joven no está muerta, sino dormida. Y es que en momentos límites, corremos el riesgo de desmoralizarnos fácilmente por no entender aún que en Jesús tenemos la vida misma (Jn 11,25; 14,6), de modo que resulta más fácil llorar que actuar. En efecto, “si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad” (nº 22).

Muchacha levántate (v. 54). Esta orden dada por Jesús a la joven refleja bien el deseo que, cual grito desesperado, hoy día como Iglesia y sociedad compartimos por ver a los jóvenes liberados de tantas ataduras como las drogas, el alcohol, las pandillas, el consumismo alienante, etc. Queremos ver a los jóvenes de pie, que en vez de ser vistos como el problema, sean vistos como la esperanza de un mejor mañana. A quienes se hallan atados por el consumo o por los vicios que los vuelven abúlicos, no hay mejor manera de levantarlos que haciéndolos partícipes del misterio de Jesucristo quien, “por el Espíritu Santo nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda” (nº 17). Si gracias a Jesús, el espíritu volvió a la joven, gracias a él volverá a los jóvenes cuya vida agoniza o parece estar muerta.

Jesús mandó que le dieran de comer (v. 55). Habiendo levantado a la joven, Jesús ordena que le den de comer. El comer es signo de comunión donde los miembros de una familia se encuentran y comparten la vida. Es fundamental para nuestros jóvenes reintegrarlos a la comunión de nuestra familias, de la sociedad, de la política, del trabajo, del deporte, del arte, de la Iglesia misma. Si les creamos espacios donde puedan sentirse acogidos y reconocidos con capacidad de participar, entonces podrán ejercer resueltamente sus dotes naturales encontrando una razón por la cual hallarle gusto y sentido a la vida. Jesús reintegró a la joven a la vida de comunión. Como Iglesia no tenemos otra cosa que dar de comer sino lo que nutre y fomenta nuestra comunión: la palabra de Dios y el pan del cuerpo de Cristo, es decir, la Eucaristía, participación de todos en el mismo pan de vida y en el mismo cáliz de salvación que nos hace miembros del mismo cuerpo, siendo ella fuente y culmen de nuestra comunión (cfr. nº 158).

Hoy, en vez de anticipar juicios peyorativos sobre los jóvenes, mejor sería que nos dejáramos interpelar a nivel individual, institucional y eclesial qué tanto hemos hecho por los jóvenes, qué tan responsables nos sentimos de su situación y si en verdad nos dejamos conmover por las miserias que a muchos envuelven al carecer de lo fundamental para llevar una vida digna; mientras que, otros, por tener tanto, han perdido su vocación trascendente que los comunica con Dios y se encuentran en una especie de vacío intolerable que los lleva a conseguir placeres efímeros que los elevan por un momento de su triste situación para volver a dejarlos caer más hondo todavía.

Un ultimo dato. Para integrar a los jóvenes a la comunión del hogar, de la sociedad y de la Iglesia, será factor fundamental el lenguaje con que nos dirigimos a ellos. Sucede que a veces usamos un lenguaje poco significativo (cfr nº 100 d) que no sintoniza con los códigos que manejan los jóvenes. No bastará la simple buena voluntad, sino el afrontar el reto de insertarse en el mundo de los jóvenes usando un lenguaje adecuado a ellos que les muestre lo bello de la vida, que les haga descubrir su dignidad de persona y que los impulse a llevar una vida entregada al señor trabajando por el bien de sí mismo y de los demás, a la vez que van adquiriendo una participación activa en la comunidad cristiana.

ACTUAR

Después de haber considerado la actitud de Jesús hacia la joven, podemos más preciso visualizar así su actitud para con todos los jóvenes de hoy que parecen estar sin vida. Podemos proponer algunas pautas de acción que ofrece el documento de Aparecida para motivarnos como Iglesia a trabajar para que los jóvenes, integrados a la comunión, se vean a su vez motivados en vistas a la consecución de una vida digna y de cercanía con el Señor que da la vida.

1. Formar en la ética cristiana (nº 406 b). Esta formación asume el reto de la búsqueda del bien común creando oportunidades para todos y combate el flagelo de la corrupción que atrasa nuestros pueblos y que genera riqueza sólo para unos pocos en perjuicio de la mayoría. Asimismo, esta formación busca la creación de trabajos bien remunerados donde los derechos laborales sean respetados a favor de quienes tradicionalmente han sido olvidados como los jóvenes. La prioridad de esta ética será el reconocimiento de la dignidad de cada persona humana.

2. Renovar, en estrecha unión con la familia, de manera eficaz y realista, la opción preferencial por los jóvenes (nº 446 a). En la opción por los jóvenes, se hace necesario un fuerte impulso a la pastoral de la juventud en nuestras comunidades eclesiales en la cual los jóvenes hallen espacios que les permitan tener un encuentro con el Señor y sentirse acogidos en la comunidad, donde también puedan desarrollar sus talentos y descubrir la llamada del Señor (cfr. nº 314). Aquí es donde las familias pueden ejercer un papel insustituible asumiendo su ser y su misión tanto en la sociedad como en la Iglesia (cfr. nº432). En efecto, creemos que la familia es imagen de Dios, que no es por tanto soledad, sino una familia que en la comunión de las tres personas divinas encuentra el modelo perfecto, su bella motivación y su destino (cfr. nº 434): formar jóvenes dignos e íntegros para el beneficio de la Iglesia y de la sociedad.

3. Alentar los movimientos eclesiales que tienen una pedagogía orientada a la evangelización de los jóvenes (446 b). Así se aprovecharía la valentía con que cuentan los jóvenes para entregar su propia vida en aquello que para ellos pueda tener sentido. Con su generosidad son capaces de servir a los más pobres y necesitados a tiempo completo. También tienen la capacidad e inteligencia de discernir las falsedades que el mundo y los placeres inmediatistas ofrecen (cfr. nº 443). Los movimientos juveniles no deberían olvidar que están llamados a transmitir a sus hermanos jóvenes la corriente de vida de Cristo, es decir, que como jóvenes están llamados a evangelizar a otros jóvenes.

4. Proponer a los jóvenes el encuentro con Jesucristo vivo y su seguimiento en la Iglesia (nº 446 c). A la luz del proyecto que Dios que tiene para cada uno de sus hijos e hijas, se buscará la plena dignidad del ser humano, y la formación de la personalidad, sin que por ello falte la propuesta de una opción vocacional específica: el sacerdocio, la vida consagrada y el matrimonio. En el acompañamiento vocacional se les introduce a la vida de oración y a frecuentar los sacramentos, así como a echar mano de todo apoyo espiritual como la dirección espiritual y el apostolado que les sostenga y les ayude en la profundización de su opción vocacional.

5. Privilegiar en la pastoral de la juventud procesos de educación y maduración en la fe, como respuesta de sentido y orientación de la vida, y garantía de compromiso misionero (nº 446 d). Para que el joven no llegue a tomar la comunidad eclesial como un espacio más de distracción para llenar sus vacíos afectivos o suplir sus carencias, se les presentará una catequesis atractiva por la cual puedan descubrir el misterio de Cristo. Se les mostrará la belleza que encierra la Eucaristía de modo que encuentren en ella a Cristo vivo. Así mismo se les hará entender que lo fascinante de la Iglesia es que nos convoca como hermanos y hermanas, miembros de una misma familia y que nos enseña a vivir en comunidad. En efecto, para eso la Iglesia es casa y escuela de comunión (Novo Millennio Ineunte nº 43).

6. Formación de jóvenes para la acción social y política y el cambio de estructuras (nº 446 e). Dado que nuestros pueblos son de población mayoritariamente joven, podemos ver en los jóvenes un enorme potencial para el hoy y el mañana no sólo de la Iglesia, sino de cada uno de nuestros pueblos latinoamericanos como discípulos y misioneros del Señor (nº 443). Afortunadamente contamos en la Iglesia con un cuerpo de doctrina social que ayudará a asumir la opción preferencial y evangélica por los pobres y necesitados. En los jóvenes descansa nuestra esperanza de dar a la política un nuevo rostro con el fin de tornar las estructuras de la sociedad a un modo más justo. Al seguir a Cristo, los jóvenes se verán comprometidos en la promoción de la dignidad humana y de las relaciones sociales fundadas en la justicia (nº 112).

7. Urgir la capacitación de los jóvenes para que tengan oportunidades en el mundo del trabajo y evitar que caigan en la droga y en la violencia (446 f). Se constata el hecho de que un gran sector de la juventud no encuentra las oportunidades ni para estudiar ni para trabajar y se ve en la necesidad de emigrar en busca de un mejor futuro (cfr. nº 445). Otros más, al verse desempleados y sin referente alguno que dé sentido a sus vidas, llegan a formar parte de grupos juveniles violentos que son tan sólo una de tantas caras de la misma violencia que recorre el continente.

No podemos olvidar nuestra denuncia profética de los intereses económicos creados con el tráfico de drogas de parte de personas sin escrúpulos que sobornan autoridades e instituciones con el poder que da el dinero sucio aprovechándose de la desesperanza de los jóvenes que recurren a las drogas para olvidar su cruel y triste realidad (cfr. nº 424).

CONCLUSIÓN

Al hacer opción por lo jóvenes de nuestro continente de algún modo es también hacer opción por los pobres. Aparecida pone en claro que un significativo sector de la juventud padece secuelas de pobreza que los afecta hondamente limitando el crecimiento armónico de sus vidas y excluyéndolos hacia ambientes que terminan por alienarlos confundiendo así su identidad personal y social (cfr. nº 444). Los cambios del mañana para nuestros pueblos no pueden venir más que de los jóvenes, en quienes existe el germen de la semilla que avecina un nuevo y mejor amanecer para nuestras vidas. No podemos quedarnos, por consecuencia, con los brazos cruzados al ver que los jóvenes se marchitan probando los placeres banales que les ofrece el mundo. Es por ello que, como Iglesia, nos vemos exigidos a dedicar tiempo completo a los jóvenes, atenderlos amablemente, escucharlos, acompañarlos en la dificultad, estar con ellos y desde ellos buscar la transformación de su situación.

En lo personal, acompaño a un grupo de jóvenes en un pueblo joven de Chorrillos desde hace tres años. La realidad de ellos, de algún modo, me da a conocer la realidad de muchos jóvenes de la periferia de Lima. En ellos es evidente la frustración al no poder conseguir un mejor trabajo o por no tener oportunidades de estudio lo cual hace nacer en ellos la idea de emigrar a otro país con el fin de mejorar su situación. Se puede ver cómo son engañados por el consumismo en su búsqueda de llevar un tipo de vida que no va acorde con su situación socioeconómica. El hecho de ser hijos de migrantes, procedentes en su mayoría de la región andina, crea en ellos una cierta confusión de identidad por encontrarse en un sitio, como la gran Lima, que tal vez sienten que no les corresponde. Los graves problemas familiares de desintegración los hace violentos. Están bajo el grave riesgo de ser influidos por malas compañías que los inducen por los senderos de la droga y el alcohol. Otro de los problemas que presentan es que a temprana edad incurren en la promiscuidad sin la debida madurez para ejercitar una paternidad responsable.

No obstante, en ellos se puede ver esa luz que, a pesar de tantas sombras, no puede ser apagada: su juventud que, por su misma naturaleza, florece y da esperanza. Es por esto que podemos ver muy motivante aquella frase de Jesús hacia la joven hija de Jairo: no ha muerto; está dormida (Lc 8, 52). ¿Qué nos queda entonces sino con la fuerza de Jesús levantar los jóvenes del camino? pero también y sobretodo darles de comer (cfr. Lc 8,55), es decir, integrarlos a la comunión plena con la sociedad y con la Iglesia mediante un proceso de acompañamiento cercano manifestada en opciones y gestos concretos evitando toda actitud paternalista que les impida madurar y ser responsables.

En esta hora de desafío en que al parecer nos vemos desbordados por las respuestas y el trabajo que se nos exigen como Iglesia en la atención de tantas realidades impostergables como es el caso de los jóvenes, no estaría demás hacer nuestra, junto con SS. Benedicto XVI, la súplica de los discípulos de Emaús[5] (Lc 24,29; cfr. nº 554): “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado”. Y especialmente suplicamos que el Señor se quede con nuestros niños y nuestros jóvenes, esperanza y riqueza de nuestro continente, para que se vean libres de las insidias que acechan su inocencia y sus legítimas esperanzas.

Como discípulos y misioneros de Jesucristo, hemos de ver en los jóvenes el blanco de nuestro apostolado si en verdad deseamos una sociedad y una Iglesia renovadas con un rostro joven y digno que las mantenga siempre de pie.

Bibliografía:

+ Documento Aparecida. V Conferencia del Episcopado latinoamericano y de el Caribe. Paulinas (Lima 2007).
+ SS. Juan Pablo II, Carta Apostólica Nouvo Millennio Ineunte.
+ Biblia de América.

[1] Documento Aparecida. V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y de el Caribe. Paulinas (Lima 2007). Discurso Inaugural p. 20.
[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid.
[5] Ibid.

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